Nuestro cerebro fabrica la realidad que percibimos
· Si no fuera por nuestro cerebro que nos fabrica un entorno amable, percibiríamos todo en un mundo oscuro, sin colores y desapacible. Por ello, nada de lo que vemos es la realidad.
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Extracto de mi libro © «Por qué brillan las estrellas»
Capítulo del libro «Por qué vemos los objetos»
8/4/2026 ― En síntesis, ya te relaté en el capítulo anterior algunos aspectos sobre la visibilidad de los objetos. No obstante, como es un tema tan complejo e intervienen tantos factores, voy a profundizar un poco más.
Nada de lo que vemos alrededor de nosotros existe tal como lo percibimos. Nuestro cerebro creativo es un artista plástico que recrea cualquier escena ofreciéndonos una imagen amable del entorno. Le da luminosidad, le imprime color, detalla las formas, recrea las texturas, interpreta las profundidades y calcula las distancias. Aunque te sorprenda, tu cerebro te genera una realidad virtual del entorno. Y todo eso lo realiza a tiempo real. Demasiado esfuerzo continuo. Supongo que por ello necesitamos dormir por las noches para desfragmentar los miles de millones de bytes que procesamos cada día. Nuestro cerebro es un experto en eficiencia, por ello todas las noches hace limpieza, desecha lo innecesario para liberar espacio y centrarse en lo útil. Creo, y solo lo creo, que mientras hace todo ese trabajo tedioso de mantenimiento, se proyecta a sí mismo una película de producción propia para entretenerse. En ocasiones, al despertar recordamos algunas escenas de esos montajes peliculeros que se fabrica el cerebro.
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Todo el esfuerzo del cerebro para construir una realidad agradable del mundo que nos rodea ocasiona que, casi el cincuenta por ciento de nuestro ordenador de a bordo, esté ocupado con el procesamiento de la visión. Compruébalo con un simple ejercicio. Imagina por un momento que sostienes una cerilla encendida entre tus dedos. Ahora repite el mismo experimento con los ojos cerrados. ¿Has notado alguna diferencia? Quizá no lo hayas percibido inmediatamente, pero cuando cerraste los ojos, tu cerebro te ofreció la imagen de esa cerilla imaginada con más detalle. Esto se debe a que, al liberar carga de trabajo visual, el cerebro tiene mayor capacidad creativa para generar una escena más detallada de tu cerilla imaginaria.
El acto de concentrarnos cerrando los ojos es más común de lo que puedas pensar. Lo hacemos de forma instintiva cuando intentamos recordar un dato olvidado o una palabra que tenemos en «la punta de la lengua» ―PDL―.
¿Alguna vez has cogido una prenda de alguien a quien añoras y la has acercado a tu rostro inhalando profundamente para reconfortarte con su recuerdo? Si es así, te aseguro que lo hiciste con los ojos cerrados. Este fenómeno lo conocen muy bien los perfumistas y catadores de vino, que saben cómo se intensifica la concentración mental al eliminar cualquier distracción visual.
El cerebro es un mákina y todo un campeón. Fíjate en lo que es capaz de hacer. En realidad, la totalidad de nuestro alrededor es oscura, el universo es tenebroso y muy desagradable, pero el cerebro lo ilumina transformando la actividad de los átomos en luz y colores para hacernos una estancia un poquito más amable. Así que cuando observes unas flores de un violeta vibrante, un cielo azul eléctrico o una mariposa multicolor, dedícale unos segundos de agradecimiento a ese macroprocesador que tienes sobre tus hombros.
Perdona, me he emocionado tanto con nuestro eficiente superordenador que me he ido del hilo. Volviendo al tema. Si la luz es invisible tal como predice mi exposición, ¿por qué vemos los objetos? En realidad, los contemplamos porque percibimos la oscilación de los átomos a una frecuencia específica. Esta radiofrecuencia llega a nuestros receptores oculares, donde se hallan unas moléculas capaces de resonar a esas mismas frecuencias, enviando la información a nuestro mákina. ¡Ya ves!, en realidad lo que vemos directamente son los átomos.
En la actualidad podemos entender todo esto mejor que nuestros antepasados, gracias a que estamos familiarizados con las pantallas de los equipos informáticos. Cuando observas una imagen en un monitor o televisor, lo que estás viendo son píxeles oscilando cada uno a una frecuencia determinada. El conjunto de todos los píxeles forma una imagen con una amplia gama de colores. Si miras con una pequeña lupa ―cuentahílos― cerca de la pantalla, comprobarás que el color blanco no existe y todo el espacio está relleno de píxeles coloridos que, al alejarte, configuran una imagen completa.
En la naturaleza esos píxeles son el símil de los átomos. No deja de sorprenderme que algo tan microscópico como los átomos sea visible a simple vista.
Hasta aquí te he contado muchos aspectos sobre la mecánica de la visión, pero no quiero cerrar este capítulo sin hablarte de otra escena cotidiana: la puesta del Sol. Un fenómeno por el que la ciencia pasa de puntillas para no mancharse. ¿Por qué vemos el Sol rojo al atardecer y la Luna roja en el horizonte? La ciencia lo explica con la teoría de la dispersión de Rayleigh. Una hipótesis que tiene más de ciento cincuenta años de antigüedad, cuando el fotón ni estaba ni se le esperaba.
En el anterior capítulo te hablé de los maravillosos amaneceres, ahora te contaré el secreto que esconden los cálidos atardeceres. Recopilemos mi propuesta. El Sol irradia toda la gama de frecuencias. Estas ondas viajan a través del espacio o son reflejadas, pero aquellas que tropiezan con moléculas que resuenan a su misma frecuencia, les transfieren su energía. Ahora, estas moléculas oscilarán a esa frecuencia idéntica gracias a la energía recibida. De esta manera, generarán nuevas ondas que continuarán propagándose e impactando con otras moléculas resonantes. Esta cadena proseguirá hasta que las ondas lleguen a nuestros ojos.
Para el siguiente planteamiento debes recordar que en cada transferencia magnética se producen unas ciertas pérdidas energéticas.
Ahora voy a darle forma al contenido para que puedas analizar este fenómeno. La atmósfera terrestre está compuesta por moléculas que resuenan en toda la gama de frecuencias visibles. No obstante, en la transferencia de energía entre las moléculas de la atmósfera, las frecuencias altas sufren más pérdidas que las frecuencias bajas. Es obvio que en el momento en el que el Sol se sitúa en la vertical a mediodía, el volumen atmosférico que debe atravesar la luz solar es mucho menor que cuando se encuentra el Sol o la Luna en el horizonte. A causa de esa mayor cantidad de atmósfera que hay al atardecer, apreciamos cómo las frecuencias altas, en torno al azul, sufren pérdidas considerables sin conseguir llegar a nuestros ojos. Por ello vemos el Sol de un tono rojizo.
Puedo concluir que en la atmósfera terrestre existe mayor porcentaje de moléculas capaces de resonar a frecuencias altas que a frecuencias bajas. Aunque pueda parecer una contradicción, no lo es. Analízalo. Al existir más moléculas que resuenan a frecuencias altas, estas deben efectuar un mayor número de transferencias con la consiguiente pérdida de energía.
En la ilustración puedes observar átomos que emiten ondas de luz cuando reciben una onda de la misma frecuencia. Los átomos que resuenan a las frecuencias altas en torno al azul, los he representado con el núcleo blanco, mientras que los átomos de la gama de rojos están dibujados con el núcleo negro. Esto es una representación proporcional de nuestra atmósfera. Pues bien, observarás que hay más átomos blancos y, por lo tanto, sus frecuencias necesitarán más pasos de transferencias de energía. Esto implica que estas frecuencias sufrirán mayores pérdidas y tendrán mayor dificultad para traspasar el medio.
Otra prueba más que valida mi trabajo es que los rayos UVA ―frecuencias muy altas por encima del azul― del Sol no llegan al atardecer. Con la excepción de los suecos, nadie consigue broncearse disfrutando de una puesta de Sol.
Pero aún hay un detalle curioso que me gustaría compartirte, ¿por qué los atardeceres son más rojos que los amaneceres? La temperatura media de un elemento, en este caso la atmósfera, también influye en la frecuencia de resonancia de sus moléculas y, por lo tanto, en la frecuencia de transmisión. Al finalizar el día la atmósfera está más caliente que durante el amanecer, lo que provoca que las altas frecuencias visibles ―gama de azules― sufran más pérdidas en su recorrido. Ahora ya sabes por qué hay atardeceres más rojos que otros. La temperatura importa.
Observar la intensidad del tono rojizo en la atmósfera, desde la lejanía, también puede ser un indicativo de la temperatura a esas altitudes y latitudes. Por ello, no debería extrañarte que nuestros antepasados hicieran predicciones meteorológicas observando la intensidad rojiza del cielo: «Cielo rojo a la alborada, cuidar que el tiempo se enfada». «Sol poniente en cielo grana, buen tiempo por la mañana».
No quiero cerrar este capítulo sin citar un párrafo del libro «La física de lo imposible», página 36, escrito por el físico teórico Michio Kaku. Te invito a analizarlo juntos para cuestionar la ciencia actual y dar soporte a mis argumentos: «Por el contrario, muchos líquidos y gases son transparentes porque la luz pasa con más facilidad entre los grandes espacios entre sus átomos, un espacio que es mayor que la longitud de onda de la luz visible.»
Según Kaku, vemos el Sol de color rojo durante un atardecer porque los rayos de luz rojiza pasan con más facilidad a través de las moléculas de oxígeno, debido al espacio entre ellas, que es mayor que la longitud de onda de la luz. Sin embargo, la luz roja tiene una longitud de onda mucho mayor que la luz azul. Si la ciencia tuviera razón en su planteamiento, en un atardecer veríamos más fácilmente un Sol azul y no rojo. Creo que no hace falta añadir nada más para constatar que el concepto que tiene la ciencia actual sobre la luz deja algunas cuestiones sin resolver. ― Juan Vicente Santacreu
Capítulo del libro Por qué brillan las estrellas
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Conocer cómo funciona la física en el fuego es apasionante ― Algo tan común como el fuego y en cambio es tan desconocido para la ciencia, o por lo menos no se sabe cómo se forma la llama del fuego. Ahora con esta nueva aportación, quizás se abran nuevos caminos para el conocimiento.
Sobre el fotón:
1004 - Estas particularidades le permite viajar a la velocidad de la luz en el vacío, sin necesidad de aceleración. Además, el fotón no posee carga eléctrica, lo que lo convierte en una partícula neutral.
♦ Algunos datos curiosos ►
Descubre y comprende el mundo cuántico del átomo a través de los capítulos de mi libro que te voy publicando. Comencé esta historia al intentar comprender la luz y su comportamiento físico. Fue hace unos diez años al observar la colección de minerales de mi hija y comprobar los efectos que hacia la luz al atravesar un cuarzo.
En física está casi todo explicado, aunque existen muchas lagunas y justo eso es lo que llamó mi atención. Todas las demás teorías surgieron como consecuencia de la luz y así, acabé intentando explicar los campos magnéticos del átomo.